miércoles, 25 de julio de 2007

Algunos Lineamientos para una Política Cultural

Texto publicado en el blog de Daniel Link, en siete partes, entre el 17/7/07 y el 23/7/07.





Fui arrastrado (¡a mi edad!), después del mediodía del lunes, a una reunión "privada" convocada por el equipo de asesores en temas de cultura que trabajan en una de las candidaturas presidenciales para las elecciones de octubre. La consigna era clara: hablar durante cuatro minutos y llevar propuestas concretas. En la lista de invitados había dos personas que yo conozco personalmente (y que terminaron desistiendo, porque nunca se les vio el pelo), y un amigo al que pedí asesoramiento me aconsejó que fuera, como quien se asoma a un abismo.

Alrededor de la mesa había gente de las más diversas procedencias e inscripciones profesionales. La persona a mi lado, formada en no sé qué rama de la disciplina filosófica, se presentó diciendo: "Fui candidato a premio Nobel". Más allá, había una estrella teatral de la calle Corrientes preocupada por el "interior de las personas" y se detuvo en la necesidad de llevar el teatro a las escuelas para que los niños "tomen conciencia de su propio cuerpo". Cuando leí los seis puntos que yo había preparado para los cuatro minutos indicados (cada uno de ellos una propuesta concreta de gestión), una burócrata en la otra punta de la mesa exclamó "Eso es un disparate", refiriéndose a uno de ellos en particular.

Le pedí aclaraciones sin obtenerlas en el momento, pero esperando que se disculpara cuando le llegara el turno de exponer a ella. No lo hizo, sino que (luego de citar, mal, a Habermas y hablar de las "industrias culturales") se puso a leer unas estadísticas berretas sobre la producción de contenidos para celulares en Estados Unidos. Harto, le pregunté si ella estaba proponiendo que el Estado argentino se dedicara a producir contenidos para celulares. No sé qué contestó porque ya me pareció que era hora de irse de esa reunión desencaminada y me estaba poniendo el saco. "Esa es una idea caduca", alcancé a oir que me decía la burócrata (que no cesó de mascar chicle en toda la reunión y de reírse a carcajadas de cosas que sólo a ella podían divertir, como su divisa: "No se puede trabajar con personas con inteligencia inferior a la de mi perro").

Yo aclaré, para beneficio del equipo de asesores de la candidatura presidencial (cuyo vértice estaba presente en la reunión, por cierto), que pudieran dejarse impresionar por la catarata de sandeces, lo preocupante de diseñar políticas según las modas en cuanto al management cultural, que es lo que los burócratas han venido haciendo en los últimos quince años, para poder seguir robando. Como la burócrata era de esas personas que no hacen pausas al hablar, para evitar precisamente ser interrogadas sobre la cantidad de necedades que rebuznan, me vi obligado a levantar la voz más allá de lo que suelo, y de lo necesario.

Cuando me retiré del recinto, después de haber saludado a los anfitriones (sólamente), las ciento cincuenta personas que estaban trabajando en sus cubículos (el lugar parecía una redacción de un periódico norteamericano) me miraron para ver quién era el loco que había gritado de ese modo en el despacho presidenciable.

Otro papelón más para sumar a la larga cuenta, una carrera política abortada de cuajo y una escena deliciosa para incorporar a una futura obra de teatro.



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Querida Patricia, Dr. Lavagna, Dra. Carrió, Señor Scioli, Cristina, señor@s representantes:



Un pueblo sin cultura es un pueblo hundido, y como en las sociedades contemporáneas el pueblo es la base de la soberanía, un pueblo educado es la única vía para sostener el sistema político en su conjunto.

No sé en qué exacto y pérfido momento se optó por la desasociación histórica y más que pertinente entre educación y cultura. Un aparato educativo sin contenidos culturales es objeto de manipulaciones tecnocráticas, cuyos resultados desastrosos han quedado en evidencia en los últimos quince años. Por otro lado, una esfera cultural sin objetivos pedagógicos sólo puede pensarse a sí misma como el espectáculo vil e infamante al que pareciera que nos hemos ido acostumbrando.



1. Educación y cultura forman parte del mismo ministerio, comparten los mismos objetivos y son las mismas instituciones las que constituyen sus esferas de actuación: escuelas, museos, bibliotecas, teatros, cinematecas, clubes. Educación y cultura deben marchar juntas de la mano, transitando el camino de la imaginación.





2. Por supuesto, se trata de garantizar la inscripción de la ciudadanía en un proyecto cultural de excelencia y, al mismo tiempo, democrático. Hay que recuperar, para el ámbito de la educación y la cultura, la meritocracia, mediante sistemas de becas y premiaciones para quienes en la materia se destaquen. No me refiero sólo a las becas para escritores y artistas que tienen, ya, instituciones y programas específicos sobre los cuales habría que volver para garantizar su funcionamiento democrático y transparente, sino a becas y premiaciones destinadas a estudiantes secundarios de las escuelas públicas de todo el país: becas de estudio, de formación, de intercambio; premios al rendimiento escolar.

Así como existen olimpíadas matemáticas y torneos bonaerenses, no se entiende por qué las actividades relacionadas con el arte y la cultura no habrían de tener un esquema similar de promoción y patrocinio (juegos florales, competencias de declamación, concursos de manchas...).





3. Lo primero es sacar a educación y cultura del penoso sistema de clientelismo político que no hace sino hundir más lo ya hundido. Las instituciones culturales y educativas (escuelas, teatros, museos, bibliotecas, etc…) deberían estar bajo la dirección de especialistas designadas por concursos públicos de antecedentes y oposición (como las leyes lo prevén) durante períodos que, necesariamente, sean distintos de los ciclos del calendario político (cinco años alcanza para medir la eficacia de un proyecto).

Entiendo por "oposición" la presentación de un proyecto de gestión, evaluable periódicamente por jurados competentes.

La actual Secretaría de Cultura ha realizado concursos semejantes en los últimos años, pero es tan poca la voluntad política de llevarlos adelante que los dictámentes (cuando los hay) naufragan en la pesadilla de los justos, a la espera de la distribución de no se qué migajas de no sé qué torta (la habitual "repartija de carguitos"), como puede comprobar cualquier ciudadano que solicite información sobre lo actuado en materia de concursos por la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos, por ejemplo.





4. Al mismo tiempo que integren a la ciudadanía mediante estrategias de distribución democrática de la modernización, las acciones educativas y culturales de un país como la Argentina deben tender a reforzar los vínculos (también previstos por las leyes) con países que comparten su misma precarización. El Mercosur suponía una integración bilingüe en las escuelas, que sólo en Brasil llegó a desarrollarse. Hay que enseñar portugués en las escuelas secundarias argentinas y premiar a los mejores estudiantes con viajes de estudio y programas de intercambio a ese país.





5. La cultura lleva y trae: es un vehículo, un arca de Noé que no sólo preserva sino que transforma. En momentos críticos, muchas naciones usaron herramientas culturales como estrategia de reconstrucción de un lazo herido. Pienso en el teatro en los Estados Unidos después de la crisis de 1929 o en la España republicana, que confió a Federico García Lorca uno de sus más hermosos proyectos culturales, La barraca. Hay que crear compañías itinerantes que recorran los pueblos de todo el país en camiones, representando el teatro de repertorio al que de otro modo quienes no viven en las grandes ciudades no pueden acceder jamás en la vida. Hay que devolverle el teatro al pueblo.





6. Lo que ya ha desaparecido es irrecuparable salvo como memoria. Pero a partir de lo que ya no existe también se puede construir. En Francia, el IMEC instaló los fondos de manuscritos que atesora en una abadía totalmente destruida durante la segunda guerra mundial, en las afueras de un pueblo en la costa normanda. Poco a poco, lo que era un páramo desolado y un mero monumento a la barbarie fue poblándose de casas, habitantes, escuelas. En la Argentina han desaparecido pueblos y ciudades enteras: basta seguir las líneas de los ferrocarriles que ya no existen. Es ahí, en esas estaciones de ferrocarril abandonadas, donde deberían instalarse centros culturales, residencias para artistas, escritores, traductores, centros de documentación y archivo que generarían (lo sabe cualquier demógrafo de Francia o Alemania) el renacimiento de esos pueblos muertos*.







*La idea no me pertenece. Como se trabaja (trabajamos) en un proyecto orientado en esa dirección, reservo la fuente a la espera de circunstancias más propicias.

1 comentario:

Martín Bolívar dijo...

Mi abuelo nació y se crió en Ramón Biaus, un pueblo de cinco casas, prácticamente desaparecido, en el partido de Chivilcoy. Desapareció el rancho y está a punto de desaparecer el pueblo. Va a desaparecer parte de mi vida, de mis raíces.