miércoles 26 de marzo de 2008

Oficios y perfiles de lector

Gabriel Castillo es profesor de la cátedra de Teoría y Análisis Literario C (Panesi). Amablemente nos ha cedido este boceto provisorio de un trabajo en preparación que profundiza conceptos desarrollados en sus celebradas "clases del NO".



Consideremos el análisis de un cuento o de una novela, de algún relato en sentido general. La necesidad de decir algo sobre eso que hemos leído define, de mínima, el trabajo a realizar. El cumplimiento más básico consistiría en hacer un resumen que satisfaga el interés por saber de qué se trata y, tal vez, cómo lo hace: contar el argumento y dar cuenta de alguna peculiaridad de la construcción o del estilo, si amerita. La comprensión es, entonces, no sólo la primera operación de lectura (intelectiva, al menos), sino también el primer objeto posible de una operación crítica, de un decir algo sobre eso.

Pero explicitar en un informe nuestra comprensión del relato no es una operación tan unívoca como básica; cada quien capta, retiene y promueve datos y modos con filtros diferentes y en magnitudes e intensidades diferentes. No obstante, es posible alcanzar con algún expediente de bajo o nulo riesgo de argumentación un margen de consenso bastante aceptable como para empezar a trabajar. En el mejor de los casos, basta con citar, con mostrar el pasaje explícito que permite, por ejemplo, incluir entre las verdades del relato el dato no registrado o no seleccionado por nuestro interlocutor. En el peor de los casos, habrá que solicitarle un esfuerzo de presunción. El esfuerzo es ínfimo, casi un reflejo, en el final de “La muerte y la brújula”: “Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego”, de donde se presume que Scharlach mató a Lönnrot. Con igual o apenas mayor esfuerzo, el mismo desenlace se puede presumir que tuvo (estrictamente, que tendrá) Dahlmann en el final de “El Sur”, cuando “empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Rechazar esas muertes por no explicitadas sería atorarse en una prudencia exorbitante, más propia de un autómata que de cualquier ser humano libre de una literalidad psicótica.

Como sea, la crítica comienza cuando alguien se pregunta qué puede decir de eso que ha leído y comprendido. A su vez, el crítico define su perfil (o su trama de perfiles) según qué haga con la comprensión de la que parte. (Toda crítica es una política de la comprensión, y se hace en nombre de una comprensión mejor o nueva.)

Si restrinjo aquí el concepto de comprensión a una lista de enunciados de Verdadero‑Falso, es precisamente porque sostengo que cualquier otro concepto menos restringido re­sulta de operar sobre aquél. El catálogo de esas operaciones se corresponde uno a uno con el catálogo de per­files, que a veces pueden con­vivir o alternarse en un mismo crítico y otras veces se repelen (un régimen de solidaridades los agrupa por objetivos com­partidos o afines). Hojeemos esos catálogos paralelos.



Como vimos, si lo que hago con la comprensión del relato es meramente formularla, expresarla, soy alguien que cuenta el cuento y acaso describe su hechura: un relator de espectáculos, el hacedor de un informe cuyos méritos de oficio se buscan en el criterio de selección, en la edición de los datos y en la información de los modos. La intervención más básica respeta el elenco de las verdades que integran la comprensión de lectura; por lo demás, no arriesga ninguna observación.

Ese riesgo es asumido en las otras intervenciones: sis­tematizar la comprensión, aclararla, corregirla, profundizarla, redefinirla. No hay momento álgido en la polémica entre modos de leer que no pertenezca al juego de las alianzas y los duelos que protagonizan estas acciones (y los perfiles de crítico que con ellas quedan caracterizados). De ahí la importancia de discernirlas y contrastarlas.



Empecemos por la sistematización. Mientras el relator del argumento dice de qué se trata aquello, un primer comentarista dice de qué trata: identifica sus temas, los jerarquiza (principales y secundarios), los clasifica (temas políticos, temas metafísicos; temas realistas, temas fantásticos; etc.); identifica sus recursos y sus técnicas, comenta alguna gracia —local o general— de su construcción, tal vez de su estilo (con el riesgo típico de quien explica un chiste). Para él, los hechos y datos del relato son paradigmáticos, sistemáticos y tal vez complejos, pero ninguno es aún oscuro ni enigmático.



Quien se ocupa de iluminar y aclarar las zonas que cree oscuras es un segundo comentarista, que es una sofisticación del primero: el autor de un «estudio crítico», experto o eru­dito, que aplica su conocimiento (textual, intertextual, contextual, etc.) para que la comprensión del lector mejore en nitidez y detalle (esa utilidad pedagógica le da su razón de ser a la vez que le impone la necesidad de encontrar un nicho adecuado, de dirigir su divulgación a un target bien definido).

Sus dos colegas anteriores podían iniciar sus servicios con un “Te cuento”; él es el primero que lo hace con un “Te explico”, y el único de los de su clase cuya explicación puede todavía respetar el plantel de datos que forma la comprensión. No está libre de cometer atribuciones equivocadas, y sus asociaciones esclarecedoras pueden recibir objeciones ideológicas (un blanco frecuente por recalcitrante son las explicaciones biografistas de una obra, como la que enseña, con aire de hallazgo germinal, que Borges sufrió el accidente de Dahlmann). No obstante sus posibles bloopers y supersticiones, el aclarador no es acosado ni desafiado por enigmas escondidos en la trama; lo suyo no es todavía interpretar en busca de algún dato que es invisible a la mera comprensión de lectura, o que fue disfrazado para engañarla.



Corregir así la comprensión define más bien el perfil de un primer tipo de hermeneuta. Para éste, la cuestión ya no pasa por cómo es lo que hay, sino qué y cuánto es lo que hay “en realidad” (fórmula favorita del rito hermenéutico); cuál es la verdad de la historia que se oculta o enmascara “entre líneas”, en lo dicho y en lo no dicho del relato, en su densidad alusiva; cuál es la realidad última que se deja ver tras el velo enigmático de lo aparencial (hasta ahí llega ahora la comprensión lectora, que es una primera aproxi­mación «literal» a la verdad, el avistaje de la punta del ice‑berg).

Desde luego, hay interpretaciones más razonables que otras. Pero pretender de ello que esa diferencia de grado es el único criterio válido para aceptarlas o rechazarlas es pretender también que comprender e interpretar son una sola operación, que en algunos casos se practica con razonabilidad y en otros con desmesura. Algún deslinde cualitativo puede, sin embargo, intentarse. La interpretación empieza a diferenciarse de la comprensión con el primer paso hacia la verdad que el crítico da más allá de la indicación de un hecho verificable mediante una simple cita o la presunción de alguno no explicitado. Ese primer arrojo es la conjetura, tal vez tímida, de un dato nuevo (extensión literaria del relato destinada a completarlo) o del auténtico carácter o identidad de un dato ya presente (cuya modificación o canje afinaría la comprensión). Los siguientes pasos aventuran aún más al crítico suspicaz hacia lecturas alucinatorias de ambigüedades, sugerencias, alusiones, indicios y claves varias que él tiene el privilegio o la sagacidad de penetrar y descifrar (o sea, hacia delirios hermenéuticos que terminan sustituyendo lo que hay o agregándole lo que no le falta).

La doble maniobra de atribuirle esos misterios al relato y solucionárselos con una interpretación victoriosa siempre es defendida con una remisión a alguna autoridad: la del autor, que en tal prólogo o en tal reportaje nos insinuó o confesó sus intenciones originales, atajo precioso que tomamos hacia una lectura hecha a imagen y semejanza del creador; la autoridad de la teoría que aplico (un “yo leo desde acá”), que genera una lectura a la medida, imagen y semejanza de esa teoría; la autoridad de mi propia libertad de opinión e interpretación (un “a mí me parece”, “yo lo veo así”), que me devuelve una lectura a imagen y semejanza de mí o de mis modelos culturales interpretativos.



Un segundo tipo de hermeneuta también contrabandea en la comprensión conjeturas tan irrefutables como indemostrables (tan invulnerables como inocuas), pero ya no de datos, sino de una imagen de la obra entera, metáfora o alegoría en que se cumple su sentido profundo y trascendente.

Para el revelador de verdades ocultas, interesado en qué es “en realidad” lo que hay, el oblicuo autor quiere decir otra cosa en lugar de la que dice, en la que ve señales e indicios de aquella otra cosa. Para el revelador de sentidos ocultos, interesado en para qué es “en realidad” lo que hay (o lo que “en realidad” hay, porque estos dos perfiles acostumbran cruzarse), el sabio autor —nunca ocioso, nunca vano— quiere dejar un mensaje, decir otra cosa a través de esa que dice, y siempre para hacer algo con ella: una crítica política o social, un homenaje, una lección, etc. En la ex­plicación de esas intenciones creadoras, ambos críticos suelen verse a sí mismos leyendo la mente del autor, como Stephen Hawking dijo alguna vez estar leyendo la de Dios al hacer Física.



Laplace tenía otra visión de su oficio. Cuando Napoleón le preguntó dónde entraba Dios en la explicación del universo que acababa de exponerle, Laplace contestó famosamente: “Prescindo de esa hipótesis”. Una prescindencia análoga del autor (o, más exactamente, de sus poderes de origen sobre la verdad y el sentido) asume el último perfil de crítico que veremos, el que prescinde además de ofrecer en sus análisis una explicación de qué pasa ahí, cómo pasa, por qué pasa, para qué pasa o qué sentido tiene.

Lo que afirman el que relata un argumento y el que lo aclara no es demostrable, sino suficientemente constatable (señalable o presumible). Lo que afirman el que interpreta que el relato es otro o que es diferente y el que interpreta que es imagen de otra cosa o ilustración de una idea universal o más general, es indemostrable, es meramente conjeturable. En cambio, quien conecta datos del relato para hacer constelaciones conceptuales o problemáticas, y sobre esas relaciones y figuras elabora hipótesis, somete sus observaciones a exámenes de pertinencia y de arbitrariedad, es decir, de rigor argumentativo: se chequean la probidad de la selección, la exactitud de los datos seleccionados, la precisión de las categorías que los vinculan y reúnen, el juego limpio de las razones enhebradas, etc. Sus afirmaciones sobre el relato presuponen constataciones diversas, pero no son ellas constatativas, y además son demostrables: todo lo que él usa para hacer sus figuras está ahí, al alcance de quien quiera verificarlo, y los movimientos con que las hace no se justifican con una re­misión a ninguna autoridad que esté obedeciendo o retratando, sino a un juego de argumentación compartido que por definición excluye el recurso a una autoridad.

Los datos del relato y sus temas —la comprensión de lectura— no se ven alterados ni durante ni al cabo del análisis; a diferencia de las lecturas explicativas, acá la verdad y el sentido del relato no son la meta del trabajo crítico, sino apenas su punto de partida. La meta —o al menos el efecto— de estos análisis es cierta redefinición de la comprensión del objeto, a la manera en que lo hace Nicolás de Cusa cuando nos hace ver en una línea recta infinita el arco de un círculo infinito, sin que deje de ser una línea recta. Una visión no sustituye a la otra, ni la refuta ni la corrige; simplemente se ubica del otro lado de un signo de equivalencia que las relaciona, que ofrece a una como visión alter­nativa de la otra.

El Tránsito Lento

Por Daniel Link para Perfil


Hay preguntas que vuelven como un ritornello, como un agua que no desemboca: "¿En qué se reconoce una política? Por supuesto, en sus efectos reales o imaginarios (previstos)". En dos años y un mes, Argentina celebrará con no se sabe para qué su Segundo Centenario.
Tal vez, sólo tal vez, el Teatro Colón esté reinaugurado para algarabía de embajadores, ministros y princesas invitadas. El Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Buenos Aires, por su parte, seguirá siendo la nada que es ahora. La obra de ampliación del Museo Nacional de Bellas Artes no ha comenzado, como tampoco el reciclado del edificio de Correos. El Centro Cultural Recoleta es una ruina y los miles de metros que el "nuevo" Centro Cultural San Martín destinará a la tecnología de punta parecen un chiste de mal gusto en un país con problemas de provisión energética (sin ninguna nueva central prevista, salvo las termoeléctricas compradas a los apurones, que son como un
plug and play de bajísimo rendimiento, y además contaminantes), con trenes catatónicos y sin rutas adecuadas (la autopista Rosario-Córdoba no estará terminada este año y es sólo un tramo de los miles de quilómetros que se necesitan). El Teatro Nacional Cervantes sigue esperando el tiro final, el Riachuelo cada vez hiede más y la Reforma Educativa quedó en declaraciones de principios bellos. Mientras tanto, las clases en la Universidad de Buenos Aires comenzaron con edificios en situación crítica (algunos sin provisión eléctrica, otros sin gas, sin ascensores, con déficit de aulas y de implementos básicos) y la lluvia y el frío nos dan miedo como nunca antes.
No hay una sola obra de envergadura que permita pensar en efectos (reales o imaginarios) a mediano plazo. El gran problema argentino pasa estos días por las retenciones: no las retenciones a la renta agraria, ni la retención insensata de reservas en un país sin crédito, ni la retención suicida de los índices inflacionarios, sino la
retención de políticas de Estado. Es como si la casta de gobernantes tuviera problemas para evacuar ideas y proyectos: cien días de estreñimiento. Preguntas que no vuelven como un ritornello, me corrijo, sino como un cólico.

(no se pierdan en la web de perfil, a un tal Dresde corrigiéndole el estilo a DL)

lunes 27 de agosto de 2007

Masterplan Nº2

De promedios, investigaciones, y mitos.



Lo que transcribo es una consulta que se dió en la lista de correos de Augusto Trombetta, "KLEO". Pregunta Veronica Barrionuevo y responde punto por punto Augusto. Agrego también otro mail, de Gisela Roitman, muy interesante. Para sacar un poco los mieditos, esto sirve, y para eso está matandoenanos... (era para eso ¿no?)


de: Augusto M. Trombetta augustus_ar@yahoo.com.ar

para: kleopatra@yahoogroups.com
fecha: 22-ago-2007 23:52
asunto: [KLEO] Materias libres y promedio

Te respondo más abajo, una por una, pero con la mejor de las ondas te pregunto: ¿no estás especulando un poquito mucho?

Besos,

AMT

Verónica Barrionuevo wrote:

Estimados contertulios,

Tengo algunas dudas acerca de los finales libres. Estoy pensando en dar dos
materias con esta modalidad (Sintaxis y Lit. francesa), yendo a las clases como
oyente y tomando notas para tener como guía. Ahora bien, mis dudas son las
siguientes:

1. ¿Es verdad que los alumnos que rinden libre no pueden aspirar a una nota
mayor a 4, por muy bien que esté su examen? Eso me afectaría bastante, porque
tengo no tengo un mal promedio

No, para nada. Un 4 es la nota mínima, no la máxima, en cualquier final, libre o regular. Si pensás hacer eso que dijiste de ir a los teóricos, hacele saber esa circunstancia a la profesora.


2. ¿Qué promedio es preciso tener para iniciar una carrera como investigador?


Ninguno. El inicio de una carrera de investigación tiene que ver con el interés por investigar, no con una nota o un promedio de notas.


3. En el promedio final, una vez que uno se recibió, ¿se incluyen también las
calificaciones del CBC? Me parece que lo lógico sería que sí, pero leí varias
veces en anuncios cosas como "reseñar promedio (sin CBC)".


Sí, el CBC es el primer año de todas las carreras de la UBA y en tal carácter entra a formar parte del promedio de la carrera. Esto no quita que te pueden pedir, para un fin específico, un promedio sin CBC.


Quiero decidir si me conviene rendir estas dos materias libres para
recuperar un poco del tiempo que estuve sin cursar o esperar un cuatrimestre más
y mantener el promedio un poco más alto.

No todo es tan matemático.

Besos y mucha suerte,

Augusto M. Trombetta
pulvis et umbra sumus

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Una cosita sola, Vero. Por mi experiencia personal también, siendo de la misma época de ingreso a la UBA (soy del 77). Si algo te interesa, tiene razón Augusto, ponete a investigar por las propias, y presentate con lo que tengas a algún concurso internacional. Te podés llevar sorpresas como la que me llevé yo, que gané un concurso de historia y letras sin haber terminado ninguna de las dos carreras (claro que con un título de grado,pero que no se relaciona ni con la historia ni con las letras). Y aquí me tenés en España, terminando de pulir un libro con esa investigación, que tengo que presentar en noviembre). Después las cosas de van desarrollando solas... y empezás a conectarte y te llevás sorpresas increíbles... Y no solamente por conocer a los grandes ;-)***) que leemos en clase, sino tambien darte cuenta que son de tu edad, y que es gente macanuda y que está dispuesta a darte una manito, sino que los grandes que ya nos llevan años a nosotras, también están cerquita (lease Alan Deyermond, sea Martínez Diez)
El resto, desde Montaner hasta Hook, pasando por Gomez Redondo o Paco García Fitz, Escalona o Rodriguez Velazco, toda gente interesantisima, de la cual aprendés y mucho... Recomendación, para comparada, nadie como Hook, para historiografía Paco Bautista, para historia el tano Cittano, o Guillermo Redondo, gente de primera. Asíque como dijo Augusto, ponete y jugate, que por ahí te sale bien la historia...y eso si, sin necesidad de presentar tarjeta de cartón...Bueno... eso dentro de medievalismo e hispanismo que es el marco dentro delcual me estoy moviendo yo.

Ah, otra cosa, gracias hacen los monos ;-)

Un saludo fraterno
Gisela